Autor: J. Arturo Chaire
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Por J. Arturo Chaire. Cuenta la leyenda, sin  que esto se pueda tomar como cosa totalmente cierta por aquellos que no creen en las historias románticas, pero por lo que en ésta se narra y los personajes que en ella intervienen quedará la duda y el misterio por siempre. Y es que en San José de Casas Viejas (hoy San José de Iturbide), cuando corrían los últimos años de siglo XVIII,  vivía en uno de los majestuosos portales del centro de la población, una familia de linaje noble y de acaudalada posición, teniendo la fortuna o la desfortuna, desde el punto de vista que se tome, de contar con la niña Constanza como hija única, quien desde su nacimiento fue objeto de muchos halagos por familiares y conocidos, por su belleza peninsular, tez blanca, ojos azules y dorados rizos; Constanza nunca supo de privaciones por parte de su familia, a pesar de su altura social, se ganó el cariño de todos cuantos la rodeaban, su don de gente la hizo merecedora de la amistad de gente de alcurnia, como de gente humilde, siendo niña convivía de igual forma con los hijos de la servidumbre, que con los hijos de las personas que ofrecían algún servicio a su familia, fueran estos mecapaleros, vendedores de frutas, de leña o simples aguadores. De estas amistades la más importante, fue la que sostuvo con Diego hijo de una familia de humilde cuna originaria de Casas Viejas, quienes vivían por el barrio pobre de la Adobería y cuyo oficio era principalmente el de aguadores, para sobrevivir a su precaria condición desde muy temprano llevaban en cantaros de barro colgados de sus aguantadores agua por las distintas calles de la población, principalmente a las casas de los ricos, que a primeras horas utilizaban el vital líquido, a razón de este oficio, Diego conoce a Constanza quien con el paso del tiempo sería el amor de su vida, conociendo los límites y prejuicios que la sociedad en la que vivían imponía, decidieron enfrentar el riesgo,  buscaron hacer realidad sus sueños, sin importar los peligros a que su acción de amor los pudiera llevar, así fueron encontrando los espacios, momentos y circunstancias para verse, hablar y comunicarse el tan grande y puro sentimiento que sentían,  mientras esto sucedía, los padres de Constanza sabiendo lo que pasaba a sus espaldas, buscaron afanosos la forma de separar a su hija de Diego a quien su pobreza sin duda representaba más que una ofensa a tan noble y distinguida familia, muchos de los encuentros encubiertos de Constanza y Diego fueron en los alrededores del manantial del “Caracol”, donde las estrellas muchas veces fueron testigos fieles del gran amor que se profesaban, una noche conociendo que las intenciones de sus padres eran de enviarla a la Ciudad de Querétaro, Constanza llorosa y triste se lo comenta a Diego, por lo que juntos deciden hacer un pacto de amor, este consistiría que desde ese momento pasará lo que pasará, el amor que sentían nadie lo podría separar, y ante la reja que rodeaba el manantial, se juraron amor eterno y como prueba colocaron un candado cerrándolo como símbolo de esa unión, Diego al colocar la llave en la pequeña mano de su amada Constanza dijo “este candado que acabamos de cerrar simboliza nuestro corazón y lo que sentimos el uno por el otro, permanecerá cerrado mientras conservemos en nosotros el amor que hoy nos confesamos sin importar donde nos encontremos, esta llave representa mi alma y mi voluntad, te la entrego porque en ti confío y porque soy todo tuyo, como tú a partir de hoy eres mía,  pase lo que pase viviremos juntos por siempre, sabemos que a pesar de la distancia Dios estará entre nosotros y cada día nos dará la fortaleza para hacer más grande nuestro amor por toda la eternidad”,  y las estrellas brillaron con más intensidad, como si aprobaran ese juramento de amor del que Diego y Constanza las hicieron cómplices y fieles testigos. Después de esa noche Diego jamás volvió a ver a Constanza, por gentes del pueblo supo que sus padres la habían enviado a Querétaro para que estudiara en un renombrado colegio y se convirtiera en una señorita de sociedad a la medida de su linaje, Diego sufrió en silencio su amor frustrado por la diferencia entre las clases sociales, y su oficio se volvió castigo y recuerdo al ver en cada visita al “Caracol” en la reja el candado que permanecía cerrado como aquel día en que él y Constanza hicieron su juramento, paso el tiempo, del joven vigoroso solo quedaba el brillo de sus ojos negros, aquellos que a pesar de los años, buscaban afanosos el herrumbroso candado; día con día fue para Diego más fatigoso el caminar de la Adobería al “Caracol”, hasta que su viejo corazón no resistió el cansancio y entrego su alma al creador, fue enterrado en el panteón municipal, en una tumba sin lapida, ni monumento, con una cruz de madera corriente y cubierto solamente por la tierra, los que lo vieron por última vez en su féretro de madera, dicen que parecía contento, que en su cara se dibujaba un especie de sonrisa y un semblante de paz, Diego nunca busco a nadie para suplir el gran vacío que le dejo Constanza, siempre fue alegre, respetuoso y trabajador, nunca renegó de su condición de pobreza, murió solo pero feliz, guardando lo mejor de su corazón y ternura para su gran y único amor, seguro que en la eternidad encontraría a Constanza y nadie los separaría jamás. De Constanza se supo que resignada de que ya nunca regresaría a Casas Viejas y mucho menos a los brazos de Diego, que luchar de nada servía contra las reglas que la sociedad y su familia le imponían, viendo perdido lo que más quería en el mundo y recordando siempre su juramento de amor con Diego, se escapó del colegio donde estaba internada y busco refugio en un Convento donde apenas ingreso tomo los hábitos y los votos de pobreza, obediencia y castidad de la orden a la cual decidió pertenecer, a pesar de los muchos esfuerzos de familiares y amigos, ni sus padres la pudieron hacer cambiar de decisión, quienes la pudieron ver comentaban que era una monja afable y dispuesta al servicio de sus semejantes, dócil ante sus superiores, fiel y devota de las santas imágenes, su hábito solamente dejaba a la vista sus hermosos ojos azules y su cara angelical, que al paso de los años se fue llenando de arrugas y bondad, aunque la vestimenta impuesta por la hermandad a la que pertenecía hacía imposible diferenciar entre una monja y otra, a Constanza le podía identificar porque portaba pegada a su crucifijo una llave vieja, de la que nunca se desprendía, misma que formo parte de la mortaja el día de su muerte y símbolo que le recordaba eternamente el gran amor que tuvo por Diego. Si hoy visitas el “Caracol” y observas que entre sus rejas hay algún candado, es señal que los enamorados  se siguen declarando ante el manantial lo que su corazón les dicta, teniendo ahora como testigos a las almas de Constanza y Diego que permanecen unidas a pesar de la distancia, de las diferencias sociales, reglas y prejuicios que dominaban en aquellos lejanos tiempos, a finales del Siglo XVIII, cuando San José de Iturbide era San José de Casas Viejas y comenzaba apenas a tejer su historia.