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Por Ernesto Méndez

San Luis de la Paz, Gto. Es julio del 2006 y la plancha del zócalo está llena, la multitud grita ¡Presidente! ¡Presidente! y el eco de sus voces retumba en el viejo Palacio de Gobierno que los mira desafiantes, nos han robado la elección el PAN y las cúpulas empresariales y digo nos han robado porque también me siento ultrajado. En la gente hay rabia que brota por los ojos convertida en lágrimas, muchos de los que aquí gritan han venido de sus lugares de origen, desde los pueblos alejados de Guerrero, Tabasco, Chiapas y de muchos otros lugares, la mayoría por sus propios medios, abandonaron la yunta, el arado, la siembra, la obra en construcción por venirse a luchar por lo que ellos creían una esperanza de cambio.

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A tras del escenario estamos la escritora Elena Poniatowska, la actriz Jesusa Rodríguez y muchos otros intelectuales que se han sumado a la causa. Y al igual que los de en frente sentimos un pozo de rabia, indignación en contra los poderosos.

La pregunta que flota en el ambiente es ¿Qué sigue? y todos concebimos en que el movimiento debe seguir, que la derrota no debe doblegar la lucha por un cambio horizontal en el país, que no solo transforme la vida de unos cuantos, sino de todos y sobre todos de aquellos que más lo necesitan y que viven en la marginación al punto de la inanición.

Y desde entonces no hemos parado, hemos seguido caminando sin que muchos se dieran cuenta, hemos caminado y avanzado durante la noche buscando la claridad del nuevo día que nos acerca cada vez más a la esperanza del sueño de la igualdad y la equidad tan ansiada.

Hemos avanzado así despacito casi en silencio, recorriendo pueblo por pueblo y el primero en hacerlo es Andrés Manuel, quien a pesar de tanto golpe recibido no ceja en su lucha, no claudica, no abdica y sigue firme en que México requiere de una transformación genuina y no simulada, como siempre lo prometen los que detentan el poder hasta el día de hoy.

Llevamos doce años soportando los lacerantes insultos de los conservadores y poderosos, quienes no se cansan de llamarnos ignorantes, pejezombies, idiotas, fanáticos.  Le hacen faltas adjetivos al diccionario de la RAE para que nos los digan o grite, sin embargo, la lucha no se detiene hasta convertiste en una fuerza que va avasallándolos.

Cuando nos gritan todas esas cosas me asalta a la memoria el recuerdo de mi primer amor por la lectura, rebasaba apenas los ocho años de edad y escarbando en una biblioteca escolar me encontré con las letras de Juan Rulfo plasmadas en El llano en llamas, primeras letras que me sumergieron en ese mundo mágico y que desde entonces no he dejado de seguir leyendo y leyendo, para no alejarme de lo primero que me hizo sentirme libre.

Es entonces que mi voto por Obrador no es producto de la ignorancia o el fanatismo, sino una firme búsqueda de la justicia y la igualdad social, la misma que Don Quijote de la Mancha buscó montado en su Rocinante, la misma que Galeano persiguió en sus Venas abiertas de América Latina, la misma que soñó Luter King, la misma por la que murió El Che Guevara en Bolivia.

Esa que resulta tan insultante para los amos y señores del poderío político y económico, esa búsqueda es la que me lleva a votar por Obrador, porque lo he visto caminar y andar por el mismo camino a lo largo de estos años, soportando lo insoportable y siempre con un fin único de devolverle a los empobrecidos lo que hace muchos años les quitaron, porque siempre ha creído que la riqueza no debe estar en unas cuantas manos, sino en todos aquellos que trabajan día a día y que muchas veces son los que menos tienen.

Los que votaremos por Obrador no esperamos que nos resuelva la vida, que nos de trabajo, que nos financie una maquiladora, que nos de obra pública, que nos haga participes de los impuestos del pueblo, no, lo que buscamos es un país más justo, más equitativo, donde el hambre sea menos, donde la pobreza sea menos, donde todos podamos ser dignos, donde todos los días al levantarnos salgamos a la calle con la garantía de que vamos a regresar y no derribados por las balas de los sicarios, que hoy se han hecho sonidos y tragedias naturales para ojos de niños, adultos y ancíanos.

Se equivocan quienes creen que los “Pejistas” somos flojos o negligentes, en realidad amanecemos trabajando y nos acostamos soñando, soñando que el día de mañana podremos alcanzar los sueños que harán felices a nuestros hijos y nietos.

Porque quienes luchamos no descansamos, siempre seguimos, poco a poquito, de ratito en ratito, a veces solo nos detenemos bajo la sombra de un árbol para tomar un jarro de agua fresca y no más,  luego, abrazamos nuestra lucha, como el campesino abraza el arado para enterrarlo en la tierra, porque él sabe cómo nosotros que solo arando y luchando brotará la semilla sembrada.

Y cómo ese campesino no cejaremos, no nos venceremos, seguiremos caminando, algunos de nosotros ya encorvados, ya cansados, pero nos aferraremos al brazo del joven fuerte para seguir manteniéndonos de pie y no caer, para no quedarnos a ras de piso, a ras de suelo, porque hasta la última luz de nuestros días seremos aves en pleno vuelo, que no saben de jaula, que no saben de encierro.

Nuestra lucha no es de un solo hombre, es de todo un pueblo, hoy es Obrador quien la encabeza, antes fue Villa, Zapata, Madero, así es que no se confundan, no le tengan miedo a él,  ténganos miedo a nosotros (El Pueblo), a los que luchamos,  a los millones de ojos que los observamos desde hace siglos esperándolos ver caer, porque nos han robado hasta el derecho de vivir dignamente. ¡Pero hey, no se asusten, solo es la justicia que los está alcanzando…!