Foto: Especial
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Una sola lección en la vida Liborio venía muy cansado. Le pedí que me dejara conducir el carro pero respondió lo de siempre: “¿Y si nos detienen? Qué vas a hacer, ¿echarte a llorar?”. O bien: “Te vas a poner nerviosa y vas a mandar las cosas a la chingada. Tú duérmete y ya”. Íbamos a Ciudad Juárez. Teníamos una casa bonita en Ciudad Juárez. No era una mansión; tenía un buen jardín, un patio amplio y un asador de carne que usaba carbón y gas. Tampoco era una colonia pretenciosa; más bien de gente de trabajo, más o menos acomodada, como nosotros. Vivimos felices allí, en la colonia Las Margaritas. Cuando Liborio me dijo que me había comprado una propiedad y mencionó el nombre de la colonia pensé que estaría llena de flores, de margaritas. Juárez es un desierto; qué ideas las mías. Y aun así se vivía bien.

Nadie molestaba a nadie, y menos en esos años. Esa vez que le cuento, Liborio sí se las tuvo que ver con un muchachillo drogado. Pendejo muchacho. No supo en la que se metió. Pero fuera de aquel incidente menor, nadie se metía con uno y se vivía con cierta tranquilidad. Éramos vecinos de un comandante de Aduana, de otro de la Judicial del Estado, de varios políticos y hasta del presidente del PRI en la ciudad. Sabían quiénes éramos y no nos molestaban. Una vez fue a verlo el político del PRI. Iba muy peinado, de pantalones de mezclilla y camisa blanca planchada. Abrí y me quedé a escuchar la plática. “Mire, don Liborio, pues este año me lanzo para una diputación. Yasabe, para defender a los vecinos, para hacer algo por Juárez. Pocos son los que quieren trabajar por nuestra ciudad”, bla, bla, bla. Quería dinero. Liborio se lo dio al instante y el tipo no quiso cargarlo. Abría los brazos con las palmas hacia abajo como diciendo que no tenía en dónde esconderlo. Se reía nervioso. Nosotros gastábamos sólo los billetes de veinte dólares; en la casa había fajos y fajos de cinco mil dólares por todas partes. Liborio le extendió una bolsa bien cargada.

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-Vengo después.Es usted muy generoso, don Liborio. Ya sabe que estamos para servirle, don Liborio. Nomás dígale a alguien que me llame y aquí estamos, don Liborio, para servirle. Nada más que usted no me conoce… -le dijo Liborio lo paró en seco. -No, usted es el que no me conoce -respondió. Se hizo un silencio incómodo, y el político se puso rojo, azul, verde, amarillo y blanco de miedo. Liborio esperó a que se pusiera de colores; soltó una carcajada y le dio varias palmadas, fuertes. El otro se puso a reír de nervios, con los güevos en la garganta. -Ya vengo -dijo. Salió corriendo. Sí regresó. Como me daban por muerta por rumbos de mi tierra, en ese tiempo decía que me llamaba Ana Labrada. ¿Quién iba a preguntar mi apellido de verdad? ¿Para qué? A Liborio le gustaba que usara el “Labrada”. “Es mejor que el tuyo”, decía. En realidad le gustaba cómo se escuchaba mi nombre de matrimoniada. ¿Entonces por qué no nos casamos?, pensaba yo. Una sola vez se lo pedí y se puso muy bravo. No hubo tiempo para insistirle. Después sucedió lo que sucedió. El día en que se nos atravesó el chamaco drogado, Liborio venía muy cansado porque llevaba seis horas manejando sin detenerse ni por unos burritos. Comimos en el carro; puras cochinadas. No dije una sola palabra, no me quejé. Entendía muy bien esasprisas. Llegamos a la casa de Las Margaritas y apenas nos íbamos a bajar del carro cuando apareció el muchacho pendejo. “¡No se muevan”, nos gritó. Liborio no se dejaba sorprender fácilmente. Andaba despacio, como zorro. Sí lo vio, por supuesto, cuando llegamos. No pensó que el pendejete se iba a lanzar a robarnos. -Nada más deja me salgo del carro … -dijo. -¡No! -gritó el chamaco, en el mismo segundo en el que Liborio abrió la puerta de un solo golpe y le dio en el estómago. El jovencillo cayó al piso sin perder la pistola. Se le salió un tiro que pegó en la llanta de atrás, del lado del piloto. Liborio trató de atraparlo, pero el muchacho corrió y corrió. Parecía liebre. Lo dejo ir. Nos metimos a la casa. Apenas se bañó y comió algo que nos había dejado la muchacha que nos ayudaba, Liborio se tiró en la cama. -Estoy cansado -dijo. Le quité los calzones y le dije que estaba engordando. -¿Tú quién te crees para decirme gordo? Chingada madre … -respingó. Me solté riendo y le extendí un Buchanan’s en las rocas. Selo tomó de un trago y me hizo un gesto para que lo acompañara. Me pareció extraño que Liborio no comentara el incidente. Por mucho menos lo vi dar manotazos, gritar, encabronarse. Quizás el cansancio, me dije. Sin embargo sí pensé que la casancio podía quedarse sola si salíamos de viaje. Cuando él no estaba me asignaba una o dos unidades de la policia judicial las puertas y a mi servicio.

Pero cuando los dos nos íbamos a la sierra,por decir,la casa se quedaba sola porque a él no le gustaba, aunque se tratara de su hermano, que movieran sus cosas o que estuvieran a solas con sus pertenencias. Pensé: necesitamos por lo menos un perro. -Compremos un perro -sugerí. -No es mala idea. Prefiero a los perros que meter gente a la casa. -¿De verdad? -le dije contenta-. ¿Me dejas comprarme un perro? -O dos. Una pareja para que no esté solo cuando salgamos. -Sí, déjame tener un perro. -Después. Yo lo busco. Unos dóberman; esos son bravos como la chingada. -Esos desconocen a sus dueños -le dije. Y sí había escuchado historias de perros dóberman que desconocían a sus dueños. -Huelen la mala sangre -me dijo. -¿La mala sangre? Nos quedamos un minuto en silencio, y Liborio empezó a roncar. Venía muy cansado. Liborio se despertó feliz. Fuimos a visitar a unos amigos y después nos dirigimos a El Paso. Teníamos pasaporte mexicano y la visa, la border crosser. No lo usábamos mucho; sólo para ir de compras. Yome llamaba “Dinorah Solís” y él “Noé Toledano”. Cuando estábamos del otro lado, una o dos vecesal año, pasábamos un día entero comprando cuanto se nos antojaba.

Yo me daba vuelo con la ropa y una que otra joya. Nunca me gustó andar enjoyada. Sólo un buen reloj; una buena esclava de oro; arracadas pesadas, de oro también, porque a Liborio le gustaban. “Me gusta cuando me tocan la panza” decía. y sí, le gustaba cuando mis arracadas le tocaban la panza. También nos gustaba subir a la montaña· Franklin. Desde arriba veíamos el valle de Nuevo México y Chihuahua que se extiende hasta Palomas y Columbus. Me gustaba abrazarlo y soñar que volábamos. -¿Qué haces? -me decía, haciéndose a un lado. No lo critico. Así era él. Cuando terminábamos las compras nos quedábamos en la casa de El Paso. Liborio la había comprado años antes y estaba a nombre de uno de los suyos, el comandante Ramírez. Tenía alberca y como seis recámaras; era de tres pisos. Tenía una cochera grande, grande, que a mí me daba mucho miedo. Siempre que me quedaba sola en la cochera escuchaba voces de niños. Liborio me decía que estaba loca. -¿Cómo vas a escuchar voces de niños? Esta casa es nueva. Nadie la ha ocupado más que nosotros. ¿Cómo vas a escuchar voces?Estás loca. -Te lo juro, Liborio. Oigo voces de niños que lloran. -Estás loca. También allí vivimos felices, pero a él no le gustaba estar del lado gringo. Se sentía más seguro en México. A veces nos quedábamos unos días allá; acomodábamos las compras en varios bultos y alguien más iba por ellos y los cruzaba a Ciudad Juárez. Él era muy precavido. No se exponía a lo pendejo. ¿Se imagina si nos detienen por pasar fayuca? Ni lo mande Dios. Mientras Liborio hacía llamadas nos encontrarían los pasaportes falsos. No, hombre, para qué. Mejor le pedía a alguno de los muchachos que fuera por las compras y que pagara unos dólares en la aduana. Era una rutina que repetíamos unas dos veces al año, como digo.

Aquella vez, antes de cruzar a El Paso, Liborio llamó desde la casa de Juárez. No escuché la conversación porque me estaba bañando. Sólo alcancé a oír cuando decía: “… Sí. Llévalos al cerro”. Despertamos en El Paso y fuimos a un IHOP a comer hot cakes. A mí me gustaban los hot cakes con miel y tocino. A medio día pasamos al Red Lobster y, como ya era costumbre, compramos veinte langostas preparadas para llevar. Con esas sí volvíamos a Juárez; comprar veinte langostas asadas no es ningún delito. Ya en casa, yo las envolvía en papel aluminio y las metía al congelador, y cada vez que se le antojaba una o dos o tres las descongelaba y se las servía con mantequilla. Peda segura. Nos tomábamos dos botellas de whisky y a la cama. Se ponía cachondo. Me decía que las langostas son para ponerse cachondo. Del mar, sólo había probado camarones de lata. De regreso en la casa de Ciudad Juárez, sonó el teléfono, Liborio contesto. ¿Si? colgó casi de inmediato y me dijo que dejáramos las cosas como estaban. -¿Y las langostas? -¡Que dejes las cosas como están!-gritó. Al instante se quedó pensativo y me pidió, más sereno, que me diera mi tiempo, que las envolviera “o lo que sea que haces con ellas, y guárdalas, porque cada una que nos comamos será como una celebración”. -¿Una celebración? -Ya verás -dijo. Y nos fuimos. Cerca del Cerro Bola, casi en la frontera con Nuevo México, Liborio tenía una casa muy humilde que usaba de vez en cuando para trabajar. Llegamos, y estaba llena de patrullas. Me puse muy nerviosa. “Liborio … “,le dije, y él aceleró. Le noté esa mirada rara que le salía cuando estaba muy, muy, muy encabronado.

Hacía los ojos chiquitos, como cuando no ves bien, y apretaba los dientes. Detuvo el carro violentamente, levantando polvo en la calle de tierra. Se bajó con la pistola en la mano. Salieron unos diez agentes y lo recibieron. Yo seguía en el carro. Uno de los policías se adelantó. -Liborio … -¿Dónde están? -respondió él sin verlo, dando zancadas hacia la casa. -Adentro. -¡Ven! -me gritó. Bajé corriendo. Había unos quince chamacos esposados y vendados de los ojos. Unos lloraban muy en silencio y otros tenían la cabeza agachada. Estaban muy golpeados y llenos de tierra. Tenían aspecto de cholos o de drogadictos. Cuando Liborio entró se hizo un silencio. Caminó y fue observándolos. Quitó las vendas de uno, y dijo: “Este cabroncito es… “. Dos policías le quitaron las esposas y le dieron de golpes. Él les gritó: -¡¿Qué están pendejos?! Déjenlo en paz. Se acercó al chamaco, quien temblaba sin verlo a los ojos. Empezó a llorar y algo quiso decir, pero Liborio le puso la mano en la boca. “Cállate”, le dijo, casi con ternura. Se encaminó a los otros con calma. Preguntó: -¿Quién estaba contigo? Otro cabrón te estaba cuidando. Quiero saber en este instante quién era. -El de camisa roja. Se llama Joaquín, y yo me llamo Moisés -contestó el muchacho parado en medio del cuarto. Liborio jaló del cabello al de camisa roja. Volteó a ver a los agentes y les hizo una seña. A empujones sacaron a los otros de la casa y se los llevaron en las patrullas. Sacó la pistola del cinto. Se acercó al de camisa roja y le disparó en la cabeza. ¡Pum!Todos dimos un brinco. El cuerpo cayó redondo sobre el piso de tierra. El muchacho ni siquiera se dio cuenta, porque nunca le quitó ni las esposas ni la venda. Escuché un llanto. Era el raterillo. Hasta entonces lo reconocí: “Tú eres el de la otra noche. Pendejo. Tú quisiste asaltarnos, ¿qué no? ¿Estás contento ahora? ¿Dónde está tu pistolita, pendejo?”, le dije. Me entró el coraje. “¡¿Estás contento?!”, le grité. Le di dos bofetadas y Liborio me dijo: “No le pegues”. Entró un agente. Era el que había saludado a Liborio al llegar,el tal Refugio Ramírez.

-Usted dice, don Liborio. ¿Le damos piso al chillón? -preguntó. -No. Llévese a los otros y suéltelos en el cerro. Ya vienen para acá los muchachos y se harán cargo del muertito. A este me lo deja. aquí. Le voy a dar la lección de su vida. Una sola -dijo, viendo al raterillo chillón. -Como diga. -Después te llamo para que recompenses a tu gente. Ya sabes. -No se preocupe, don Liborio. No es nada. Estos culeros rateros son una plaga; pinches malillas.Con gusto le traje a todos los del barrio. -Salúdeme a su familia -cortó a Ramírez. El comandante salió. Liborio vendó los ojos del chamaco, que no dejaba de llorar. -Deja de llorar, que te van a hacer falta las fuerzas, muchacho -le dijo. Sacó una silla.Amarró muy bien al raterillo en ella con rollos y rollos de cinta de la que se usa para los conductos de los aires acondicionados, y para asegurarse le puso esposas de policía en las muñecas y en los tobillos. A los dos minutos llegaron los muchachos y les ordenó: -Este se queda aquí. Si pide agua, le dan un chingazo. Si quiere ir al baño, le dan un chingazo. Si pide comida, le dan un chingazo. Sólo déjenlo llorar. Se lo merece, el pobre. Llévense al muertito y tírenlo donde no lo encuentren. A este me lo dejan aquí en custodia. Nadie tiene permiso de hablarle. Liborio me acarició el cabello y dijo: “¿Se imaginan que uno de estos pendejos toca a Ana? ¿Se imaginan? Los hago pedacitos”. Salimos de la casa del cerro. Liborio iba contento. Tomó el celular del auto y dio una última instrucción. -Raúl, procura que los muchachos coman en la casa de la loma. Que el raterillo huela la comida, ¿me entiendes? No le den ni una gota de agua. Si habla, cachetada. Si se queja, cachetada. No quiero que lo golpeen ni que lo ofendan. Sólo ignórenlo. Te llamo en un par de días, hermano. Y colgó.