Al artista plástico le gustaba, según decía, mostrar al latinoamericano “sin adornos”. Fue prolífico en su obra, pues al año, “por lo menos”, realizaba 100 cuadros o “300, sin contar los dibujos y litografías”. Foto Pedro Valtierra
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Redacción/La Jornada

Ciudad de México. El pintor zacatecano Rafael Coronel, quien mostró al ser humano latinoamericano ‘‘sin adornos’’, como él mismo explicaba, murió ayer a los 87 años, informó su hijo Juan Rafael Coronel Rivera, sin ofrecer más detalles.

El artista radicaba en Cuernavaca, Morelos, donde se dedicó hasta el último momento a las pasiones de su vida: la pintura, el coleccionismo de máscaras tradicionales mexicanas y las charlas con viejos habitantes de poblados rurales, entre los que descubría los rostros y emociones que habitan su obra. Alejado de los reflectores, Coronel fue reacio a entrevistas con la prensa, mucho menos a hablar ante multitudes porque le daba pena, decía. Cuando el crítico de arte Luis Cardoza y Aragón vio la primera exposición que el artista (entonces de 28 años) presentó en el Museo del Palacio de Bellas Artes, en 1959, escribió que se había sentido ‘‘ante un géiser”, pues los cuadros eran ‘‘un fluir de creación, con fantasía fresca, palpable, advertible. El manantial nace a borbotones, atropellándose”.
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Buscador del rostro humano

Rafael Coronel Arroyo, uno de los pintores mexicanos mejor cotizados en el mundo, nació en la ciudad de Zacatecas en 1932. Hermano menor de otro de los grandes de la plástica nacional: Pedro Coronel. Estudió en la Escuela Nacional de Pintura y Escultura La Esmeralda, donde reforzó la vocación por el arte que traía de familia, pues su abuelo dibujaba guirnaldas en las paredes de las iglesias.

El 16 de abril de 2000 se publicó una larga entrevista con La Jornada en la que recordó que cuando tenía 20 años, quiso ser pintor abstracto y trabajó en unos 300 cuadros con ese estilo, algunos de los cuales conservó arrumbados en su taller. Sin embargo, en su primer viaje a Europa se dio cuenta de que ‘‘todas las galerías y museos del mundo estaban saturados de pintura abstracta. Regresé un poco deprimido a México. Pero pensé: soy muy buen dibujante. Entonces, dejé a un lado lo abstracto y me dediqué a buscar el rostro humano, de una manera que se alejara de lo que hasta entonces habían hecho los muralistas: quería pintar lo que había dentro del hombre revolucionario”. Así fue como de su pincel comenzaron a brotar rostros y cuerpos con extraños atuendos, imágenes de personas que él llamaba ‘‘los imposibilitados”, seres ‘‘marginales que no pueden resolver sus problemas”, personas tristes, ausentes. Uno de los primeros cuadros figurativos que realizó Rafael Coronel fue La mujer de Jerez (1952), que pintó con crayolas de cera porque carecía de dinero para comprar óleos o acrílicos. Con ese trabajo ganó una beca anual de 300 pesos y fue la primera vez que una obra suya se colgó en las paredes del Museo del Palacio de Bellas Artes. Cuando era adolescente, soñó con ser futbolista, pues ‘‘creía que el arte no daba para comer, pensaba que la pintura se hacía como complemento de cualquier otra profesión, no tenía ni idea de que existían pintores profesionales”, narró a este diario. Al comenzar a pintar, los especialistas trataron de catalogarlo como integrante de la generación de la Ruptura, pero él siempre rechazó esa idea. ‘‘Fuimos un grupo de pintores diferentes a lo que estaban acostumbrados en México: Julio Castellanos, Antonio Ruiz El Corcito y mi gran amigo Francisco Corzas. El país ya tenía artistas del tamaño de los grandes muralistas, que por cierto equivocadamente creían que el mural era la mayor expresión de la pintura. No es cierto, una obra maestra puede ser reducida o enorme.
‘‘En la Ciudad de México había apenas cuatro o cinco galerías interesantes. Los periodistas empezaban a hacernos caso, ya no políticamente como a los muralistas. Por ejemplo, Elena Poniatowska buscó el lado estético de lo que hacíamos, de cómo vivíamos.

‘‘En 1954 Carlos Mérida, acompañado por María Izquierdo, fue un día a La Esmeralda, de donde me corrieron dos meses después. Ahí vio mis cuadros y me recomendó con Inés Amor, de la Galería de Arte Mexicano (GAM). Ella me mandó llamar, fui con mi rollo de pinturas, las regué en el piso y cuando las vio me dijo: ‘pues sí, Rafaelito, lo voy a tomar, y dentro de dos años le hago su primera exposición’.

‘‘Tomar a alguien quería decir que uno tenía un poco de dinero, para sobrevivir y poder pintar. Los siguientes 20 años trabajé con ella, fue como mi mamá, estaba al tanto de mi vida, de la hora a la que llegaba a mi casa, así fue con todos sus pintores. Con su rollo de pinturas se iba a Estados Unidos para acomodarnos en los museos y galerías; cuando algún coleccionista extranjero venía a México a comprar, el paso obligado era ir a ver a Inés. Era la dictadora en el arte mexicano, sin duda.

‘‘Así empecé a agarrar ritmo y llegué a ser uno de los preferidos de la GAM. Desde que Inés Amor me abrió las puertas del mercado de arte he tenido un ritmo de ventas que me ha hecho poder vivir, pintar y comprar un montón de antigüedades, monos y cochinadas para el museo que tengo en Zacatecas, en eso me gasto todo mi dinero”, dijo el pintor a La Jornada en abril de 2000.

Prolífico creador

Rafael Coronel fue prolífico, pues al año, ‘‘por lo menos”, realizaba cien cuadros ‘‘o 300, sin contar, claro, los dibujos y litografías”. Su obra se la han disputado por décadas museos, galerías y coleccionistas privados.

En 1980 rescató el convento de San Francisco (el primero que se fundó en Zacatecas), para alojar ahí un museo que exhibe más de 10 mil máscaras rituales, 500 piezas prehispánicas, mil 500 objetos de cerámica colonial, 200 títeres antiguos y cientos de dibujos de Diego Rivera, quien fue su suegro.

En 1969 murió su esposa Ruth, hija del muralista y Lupe Marín, y madre de su único hijo, Juan Rafael. Cuando conversó con La Jornada hace 19 años, Coronel reconoció que había tenido ‘‘una que otra novia”, con las que a veces se iba ‘‘de vago por el mundo, pues con frecuencia me sucede que me pongo a aullar como hombre lobo por no saber qué pintar. Viajar refresca mi visión acerca de México y renueva el instinto impulsivo que me hace estar frente al lienzo, como en un confesionario, con mi pincelito, dale y dale”.

El pintor trabajó durante 20 años en el taller de su suegro, en Altavista.

La Secretaría de Cultura federal, por conducto del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), rendirá un homenaje a Rafael Coronel, en colaboración con el gobierno de Zacatecas, en ese estado y en la Ciudad de México en fecha aún por definir con los familiares del artista.