Foto: Especial

 

 

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17.

Lo que sí me provocaba inconvenientes —y grandes— eran las películas con escenas de
infidelidad conyugal. Ahí tenía que echar mano a todo mi poder de fabulación y cambiar el argumento para no causarle dolor a mi padre. Aunque había pasado un par de años desde la fuga de mi mamá, aún la herida goteaba sangre, como decía él, cuando se emborrachaba. Por lo mismo, nosotros, además de no nombrarla, teníamos que evitar decir
o hacer cualquier cosa que le trajera el recuerdo de ella; si esto ocurría, el pobre terminaba encerrado en el dormitorio, llorando amargamente en silencio. Como sucedió un día en que, después de v mucho, y que no se llevó seguramente porque mi padre se lo había escondido. Mi padre siempre se lo andaba escondiendo para que no se lo pusiera.

El vestido, que era perfecto para representar a la bailaora, con sólo un par de alfileres me quedó casi armado de talle. Como pasaba con la mayoría de las niñas pampinas, aunque recién iba a cumplir los once años, tenía un cuerpo demasiado desarrollado para mi edad. Algunos hombres decían, con un brillo lúbrico en la mirada, que lo que hacía madurar antes de tiempo a las niñas pampinas era el salitre, no en vano elogiado en todas las latitudes como el mejor abono natural del mundo. Esa noche, al verme con el vestido de mamá, mi padre se puso lívido, lanzó el vaso de vino contra la pared (el único vaso que quedaba en casa) y me mandó cuspeando a quitármelo. La narración de la película se suspendió y él estuvo tres días amurrado en el dormitorio, bebiendo su vino en un jarro de porcelana. No dejó ni que lo acostáramos en la cama. Cada noche, entre un crujir de tuercas oxidadas, le estirábamos los huesos de las piernas para acostarlo, por la mañana se los doblábamos de nuevo para sentarlo en el sillón.

18.

En el campamento, en tanto, la gente comenzó a hablar de mí. «Es la niña que cuenta películas», alcanzaba a oír a veces mientras hacía la cola del pan en la pulpería. O cuando
pasaba por la calle del comercio a la salida del colegio. Pero mi popularidad prendió definitivamente la tarde en que al llegar del cine encontré que había más gente de lo normal esperándome en casa. Aparte de los amigos de mis hermanos —que ya habían pasado de mirar por la ventana a entrar y sentarse en el suelo—, mi padre había invitado a dos de sus ex compañeros de trabajo, quienes llegaron a oírme acompañados de sus esposas y sus hijos. Mis hermanos tuvieron que ceder la banca y sentarse en el suelo con sus amigos. Mientras tomaba mi taza de té y me preparaba a contar la película de
pie contra la pared blanca, mi padre no se cansaba de repetir a sus invitados que aunque la película fuera en blanco y negro, y a media pantalla, esta niñita, compadres, parece que la contara en tecnicolor y cinemascope.

«Ya lo van a ver ustedes mismos». Contar la película con más público me pareció fascinante. Me sentía toda una artista. Creo que esa vez hice una de mis mejores narraciones. La película era una’ comedia musical, con la actuación de Marisol, la niña prodigio de España. Las visitas quedaron encandiladas. Y no sólo por mi forma de contar y de actuar, sino con la interpretación de las canciones.

Al final los aplausos me sonaron como música en los oídos. Desde ese día se comenzó a hablar abiertamente sobre mi particular talento de contadora de películas, y cada noche más amigos de mi padre se hacían los invitados para venir a la casa a oírme. A verme y oírme.

19.
Una tarde, uno de los invitados dijo, como al desgaire, algo que a nosotros como familia
jamás se nos habría ocurrido: que podríamos cobrar entrada. Que lo que yo hacía era un espectáculo artístico con todas sus letras. «Y el arte, amigos míos, se paga». De modo que esa noche, después de conversarlo un par de horas con mis hermanos mayores —a mí no me preguntaron nada—, mi padre encontró la solución perfecta: no se cobraría entrada, sino que se pediría una donación voluntaria. «Es lo más sano», dijo. Pero antes tendríamos que reacondicionar la pieza del living. Al día siguiente se pusieron manos a la obra. Mis hermanos se consiguieron una banca y una silla vieja, que repararon a clavo y martillo. Además, se puso un par de tarros de manteca volteados, un cajón de cerveza y todo lo que sirviera para sentarse. Incluso metimos la gran piedra empotrada a la puerta de la casa, en donde mi padre antes del accidente se sentaba a tomarse su botellita de vino.

Y la cosa empezó a ir bien. La «sala» se llenaba de niños y adultos, hombres y mujeres. Había quienes iban a ver la película al cine y luego se venían a la casa a oírla contar. Después salían diciendo que la película que yo había contado era mejor que la que habían visto. Animada por mi popularidad, descuidando incluso las tareas escolares, dejé de leer historietas y me concentré nada más que en la revista Ecran (aprendí que ecran era
la pantalla del cine). Junto con devorar cada ejemplar nuevo que llegaba a la biblioteca, me leí una ruma de números viejos que la bibliotecaria me trajo de la bodega. Especialmente me interesaban dos secciones: «Ultimos estrenos» y «Chismografía hollywoodense».

Quería saber absolutamente todo sobre las películas y las actrices que adornaban generalmente la portada de la revista. Y es que yo me sentía como una de ellas. Tanto así que hasta se me ocurrió buscarme un seudónimo. Yo era una artista y merecía un nombre
de artista. Uno que le viniera a lo que yo hacía, claro.