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Redacción/La Jornada

Juan José Arreola (1918-2011) es uno de los escritores mexicanos más conocidos de la segunda mitad del siglo pasado. Su popularidad fue fruto de una original labor literaria y su presencia como actor del conocimiento en los medios de comunicación. Quien se introduce en la obra de Arreola descubre los temas principales que en ella se plantean: el arte, la educación, la cuestión moral, la denuncia social, la mujer y las relaciones de pareja.

Sus textos, personales y heterogéneos, suscitan múltiples interpretaciones y dan lugar a opiniones diversas. Esto ocurre especialmente cuando tratan sobre las relaciones hombre-mujer y el universo existencial femenino, cuestiones que Arreola aborda de manera contradictoria y ambigua: su obra oscila entre el rechazo y la exaltación de la mujer.

Para Arreola, todo lo vinculado al sexo opuesto supuso motivo de interés, inquietud y análisis, una pasión orgánica e intelectual que impregnó su obra escrita y fue objeto de reflexión en sus pláticas y entrevistas. Como señala Margot Glanz, la mujer se convirtió en, “uno de los animales preferidos de su bestiario.”

En una de las “Cláusulas” de sus Cantos del mal dolor, el autor jaliciense enunció: “Cada vez que el hombre y la mujer tratan de reconstruir
el Arquetipo componen un ser monstruoso:
la pareja.”

Vida, literatura y lenguaje

Aplico mis manos a la palabra.

Como un buen artesano.

J. J. Arreola

Juan José Arreola no desarrolló una carrera literaria convencional: casi nunca concedió a la publicación la importancia que suelen darle otros escritores. Su obra es sucinta pero intensa, sus textos proceden del lenguaje, son orales por naturaleza, y muestran la atractiva pátina de un trabajo literario artesanal.

Arreola fue autodidacta, sólo cursó cuatro años de enseñanza primaria. Desde la infancia se sintió atraído por la lectura, el teatro y el cine, afectos que moldearon su forma de ser. De niño declamaba textos y manifestaba su propósito de convertirse en actor. En 1934 dejó Zapotlán y fue a trabajar a Guadalajara, después vivió en Ciudad de México de enero de 1937 a agosto del 40. Durante esos años tomó contacto con el mundo teatral en la escuela de arte dramático que dirigía Fernando Wagner en el Palacio de Bellas Artes: “A Wagner le debo muchísimas cosas, pero sólo voy a mencionar dos: me enseñó a decir versos y a pronunciar la r que se me dificultaba mucho.” Su maestro también le descubrió a Rilke, poeta que Arreola convirtió en referente literario.

Durante esa primera etapa en México se gana la vida con dificultad llegando a ejercer todo tipo de oficios. En 1940 regresa a Zapotlán, “volví a mi pueblo en cierto modo derrotado”, allí escribe sus primeros relatos. Cuando publica “Hizo el bien mientras vivió”, que fue reseñado en Letras de México, obtiene el reconocimiento de lectores y escritores: “fue mi acta de nacimiento a la literatura mexicana.”

A finales de 1942 vuelve a Guadalajara y funda con Arturo Rivas la revista Eos. En esta época compone los textos que empiezan a definir su camino literario. Publica dos relatos en Letras de México: “Un pacto con el diablo”, que según el propio autor, “ha sido uno de mis cuentos con mayor difusión posterior en México e Hispanoamérica”; y “El silencio de Dios”, que completa la germinación de su estilo.

El causal destino hizo que uno de los personajes que le provocaban más admiración, el actor francés Louis Jouvet, llegara con su compañía de teatro a Guadalajara. Arreola, con impulso irrefrenable, lo abordó cuando entraba a un ensayo en el teatro Degollado. En segundos le hizo una demostración de su conocimiento, “le cuento su vida, le digo lo que es el teatro francés, la poesía francesa, qué sé yo, en un francés martajado, pero me entendió”. El actor vio en Arreola un garçon remarquable y accedió a su petición de apoyo para viajar a París y formarse como actor. Un año después, becado por la embajada francesa en México, llegó a la ciudad soñada, era noviembre de 1945, poco después del fin de la guerra en Europa.

Jouvet recibe cordialmente a Arreola y lo relaciona con el medio teatral. Gracias a su influencia trabaja de comparsa en la Comedie Française y tiene relación con actores de renombre, entre ellos Gérard Philipe. En París, Rodolfo Usigli presentaba a Arreola como su discípulo, así conoce a Gabriela Mistral, Roger Caillois y entabla amistad con Octavio Paz. Pero Arreola tuvo problemas para adaptarse y cinco meses después de su llegada, en abril del 46, decidió regresar a México: “llegué a París en invierno y me fui cuando apenas había terminado”. A pesar de todo, este período, lleno de inolvidables experiencias, marcó su vocación literaria.

A su regreso entró en el Fondo de Cultura Económica (fce) de la mano de Antonio Alatorre, que lo presentó a Daniel Cossío como “filólogo y gramático”. En la editorial, Arreola se encargaba de corregir pruebas de imprenta, traducciones y originales. El autor comentaba que el Fondo, “fue mi universidad, cursé la carrera de Corrector de Pruebas”. Tres años después, en 1949, la colección Tezontle del fce publica su primer libro, Varia invención, donde aparecen los temas que serán recurrentes en sus textos.

Confabulario y Bestiario son los títulos que forman el eje de su obra literaria. En el primero, editado en 1952, Arreola publica un sumario de relatos donde desarrolla su estilo definitivo. Los textos de Bestiario aparecieron originalmente en una carpeta de 24 dibujos de Héctor Xavier, Punta de Plata, publicada por la unam en 1958. Arreola realizó retratos literarios hablados de los animales dibujados por el artista. Años después, j.e. Pacheco recordaba cómo se elaboró Bestiario en, “Amanuense de Arreola” (Proceso, 09/xii/2002).

Juan José Arreola, actor, conversador y escritor adepto al relato breve y la “varia invención” –una particular categoría literaria que trasciende los géneros canónicos–, es autor de dos obras de teatro: La hora de todos, “juguete cómico en un acto” con características de auto sacramental, sobre la recapitulación previa a la muerte; y Tercera llamada ¡Tercera! O empezamos sin usted, “farsa de circo” a modo de sainete que ridiculiza la vida en pareja.

Maestro del epigrama y la doxografía, Arreola dejó en su obra el rastro claro de sus lecturas. Esas huellas, que proceden de la Biblia y los clásicos de la Antigüedad, discurren por la Edad Media y el Renacimiento, se enlazan con los cronistas de Indias, el cuento popular y la fábula…, hasta llegar a la literatura de sus contemporáneos. En diversas entrevistas con Fernando del Paso, que dieron origen al volumen Memoria y olvido, Arreola señalaba a los cómplices de su obra: “He llegado a coincidir textualmente, por dicha y desdicha, con Kafka, Papini, Duhamel y Max Scheler, por ejemplo. En mi obra se nota el influjo de Amado Nervo, Mariano Silva, Julio Torri, Francisco Monterde, Ada Negri, Marcel Schwob, Rilke, Proust.”

Su proyecto literario más ambicioso es una novela que cuenta la historia de México a través de múltiples voces de personajes del entorno rural: Arreola consigue afinarlas en un texto de lenguaje polifónico, desordenado y dinámico, que obliga al lector a distinguirlas por sus tonos y testimonios. El resultado es La feria (1963), un trabajo que no ha sido suficientemente valorado dentro de la narrativa latinoamericana.

A partir de la publicación de Palindroma (1971), Arreola deja la escritura pero se mantiene fiel al lenguaje practicando su gran pasión: la palabra hablada. Ejerció de conversador prosódico en talleres, tertulias, entrevistas y debates redimiendo a la palabra del texto: “ya confesé varias veces no ser un escritor sino un hablador”. Sus libros posteriores –La palabra educación (1973), Y ahora la mujer (1975), o Memoria y olvido (1994); entre otros– son recopilaciones orales: literatura del lenguaje.

La condición femenina

Quien llegue a saber qué significa la mujer a lo largo de la obra de Arreola podrá decir quién es j. j.Arreola y qué significa su obra.

Emmanuel Carballo

El trato dado a las mujeres en la obra de Juan José Arreola es tema de numerosos ensayos. Existe la tendencia a considerar que sus textos utilizan a la mujer como un obsesivo objeto figurante. Basta leer algunos de ellos —“Parábola del trueque”, “Eva”, “Anuncio”, “Para entrar al jardín”, “Una mujer amaestrada”, etcétera– para darse cuenta de la presencia de un sesgo que analistas califican de misógino. Sobre esta cuestión Margot Glanz escribe que Arreola es “un escritor maniatado por la tradición que escinde a la Dama en Bella y en Bestia, un escritor que la zahiere y la ensalza, que la contempla desde lejos…”

Los textos de Arreola se pueden entender en diversos sentidos y dar lugar a juicios encontrados. Así, detrás de sus pronunciamientos antifemeninos, hay quien advierte una burla encubierta, la denuncia de modelos masculinos y valores caducos de los que se sabía heredero, “la mentira que ya no podemos encubrir.”

Lo evidente es que el propio Arreola se inculpa a sí mismo dando la razón a quienes lo acusan de maltrato. En varios artículos periodísticos recopilados en Inventario (1976), hace acto de contrición por el tratamiento dado a la mujer en su obra literaria –“me acuso formalmente de no haber comprendido a la Mujer en la Tierra. Me acuso formalmente de ser hombre”–, y se une a la causa femenina desde una trinchera de palabras proféticas: “Estoy entregado en cuerpo y alma a la exaltación de la mujer. Porque me parece que de su parte vendrá la integral liberación humana. Esto es, el reino feliz de la igualdad, sin opresores ni oprimidos.”

Aunque haya sinceridad en su toma de conciencia y posterior arrepentimiento, para algunos lectores no llega a redimirse totalmente pues su obra ha quedado ahí, recogida de su pluma y sus palabras. Al releer sus textos, más que una abierta misoginia o un ambiguo feminismo, se percibe un humor tétrico, ingenioso y áspero, principalmente cuando narra los lazos socioemocionales que atan el vínculo existente entre una mujer y un hombre. “El drama de las relaciones, para mí, siempre ha sido la pareja.
Y eso está claro en mis relatos, donde se nota una cierta misantropía.”

Cortesía de La Jornada Semanal